
Cuando, por ejemplo, el doctor nos receta una medicación para combatir una afección, solemos cumplirla con creces en los tiempos y horarios determinados.
Si tenés una faringitis y el especialista te receta 500mg de amoxicilina cada 8 horas por 7 días, y a nadie se le ocurre cambiar la dosis o el tiempo de ingesta.
Con el alimento debería pasar algo similar. ¿Por qué? Porque no elegimos alimentos. Elegimos señales para nuestro organismo. Y esa diferencia puede cambiar por completo la forma de entender la alimentación.
Quizás por la mañana no comemos nada porque hacemos ayuno, pero al día siguiente nos olvidamos porque tenemos algo importante que atender. O quizás un día almorzamos por la mañana y al otro almorzamos por la tarde.
Utilizamos los alimentos al azar que, si bien podemos ingerirlos de ese modo, también podemos optar por darle proporcionalidad, como si fuesen medicamentos. ¿Por qué? Porque cada comida tiene el potencial de influir sobre el metabolismo, la inflamación y el funcionamiento de nuestras células.

